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Bad Bunny saca oro del pasado y J Balvin vive en el futuro




“Safaera” llega en medio del segundo disco de Bad Bunny, “YHLQMDLG”, como un golpe en el estómago del recuerdo. El espíritu es de la primera mitad de la década de 2000: la producción del reguetón duro y clásico que evoca la compilación pionera “Mas Flow” de Luny Tunes; la familiar línea melódica y temblorosa de “Get Ur Freak On” de Missy Elliott; y los invitados, Jowell & Randy y Ñengo Flow que son destellos del pasado del género.

Bad Bunny, el exponente más moderno -y a veces posmoderno- de la actual generación de estrellas pop latinas, está consiguiendo sabiduría en el ayer.

Esta es una respuesta muy particular a una curva muy intensa de fama. En los últimos cuatro años, Bad Bunny se ha convertido en una emblemática estrella pop, un rapero y cantante puertorriqueño con dominio del reguetón, trap latino, pop-punk y mucho más. En su disco anterior, “X100PRE” de 2018, le dio la bienvenida a la experimentación y a las amplias colaboraciones. El cambio constante de géneros fue destacado como un ejemplo de lo que sucede cuando quieres desafiar las expectativas y, además, entablar conversaciones con el resto del mundo.

Sin embargo, el genial “YHLQMDLG” (Rimas Entertainment) -el título es una abreviación de “Yo hago lo que me da la gana”- se mueve en una dirección distinta. Mira hacia lo más profundo de la larga historia del género y propone que hay suficiente información en el pasado como para construir toda una cosmovisión.

Esta riqueza contrasta con el enfoque de la superestrella colombiana del reguetón J Balvin, quien acaba de lanzar su sexto disco, el afable pero ligeramente adormecedor “Colores” (Universal Music Latino).

Balvin fue una figura clave en la reanimación colombiana del reguetón de finales de los años 2000 e inicios de la década de 2010, y se ha convertido en quizás la estrella más reconocible del género, gracias a sus extensas colaboraciones (con Beyoncé y Cardi B, entre otros). Sus mecanismos son directos y sencillos: si Bad Bunny ha sido el embajador creador de tendencias, Balvin ha sido el centrista reluciente. En febrero, ambos fueron invitados al espectáculo de medio tiempo del Super Bowl, una señal del crecimiento de su visibilidad en escenarios cada vez más grandes.

“Colores” -cada canción tiene el nombre de un color- es una reafirmación reluciente de los pasos que han hecho que, en los últimos años, el renacimiento del reguetón forme parte de la conversación pop mundial. La producción es dinámica y pulida, y usa el reguetón como esqueleto para un club-pop ambiciosamente escalado.

En ocasiones hay florituras inesperadas, como el zumbido similar al de un kazoo que suena en “Amarillo” o los silbidos etéreos de “Arcoíris”, una colaboración con el nigeriano progresivo del afrobeat, Mr. Eazi.

Pero, por lo general, estas son canciones respetuosas, y conocidas, también. Balvin es un cantante dulcemente elegíaco -en especial en “Azul”, donde estira las vocales blandas como melcocha- pero su rap es, en gran medida, vacío.

Lo que hace que estas canciones realmente se muevan es el personaje hipercolorido de Balvin: una figura deslumbrante con zapatillas escandalosamente raras, ropa con estilo a su medida y cabello de cualquiera que sea el color más popular el mes que viene.

El arte de su disco fue creado por Takashi Murakami, ese significante esteta vacío que prefiere la simplicidad exuberante. Así como Balvin.

Tomemos como ejemplo el vídeo musical a la Busta Rhymes de “Blanco”, un logro llamativo en cuanto a diseño de vestuario y decorados que supera a la propia canción, una de las mejores del disco, llena de reverberaciones atrevidas y coros pegajosos.

Balvin logra también una pizca de nostalgia en “Colores”, especialmente con “Negro”, una canción sórdida y engañosa que se remonta a finales de la década de 2000, cuando el reguetón coqueteaba con el hip-hop. Sin embargo, mirar hacia atrás no es realmente lo suyo.

Aunque sus estilos puedan ser casi opuestos, Balvin y Bad Bunny son amigos y colaboradores. El año pasado, lanzaron un disco juntos, al estilo de “Watch the Throne”, llamado “Oasis”. Fue un disco dispar, con una producción poco contundente, y con muy poco del dinamismo de Bad Bunny. Fue como ver un coche de carreras atascado en el tráfico.

En “YHLQMDLG”, Bad Bunny regresa al pop genuinamente radical y a toda máquina, diseñado casi en su totalidad bajo la estructura del reguetón.

“Bichiyal” es una canción del momento, al estilo de Balvin. “Ignorantes” cuenta con la participación de Sech, y gracias a su ritmo placenteramente galopante, es un complemento ideal para “Otro trago”, el éxito de 2019 del cantante panameño.

En “Puesto Pa’ Guerrial”, Bad Bunny une fuerzas con la joven promesa Myke Towers, para un dueto muscular (Towers recientemente lanzó su segundo -y mejor- disco, “Easy Money Baby”, un híbrido prometedor de reguetón y hip-hop). Y el crescendo de las guitarras de rock pesado al final de “Hablamos mañana”, muestra que Bad Bunny sigue coqueteándole al mundo fuera de los límites del reguetón.

“YHLQMDLG” es un disco largo, casi demasiado largo (“La Zona”, “Vete” y otras se cuelan sin causar mucho revuelo). Sin embargo, los mejores momentos son vibrantes. “La Santa”, una colaboración con Daddy Yankee, una superestrella de la primera avanzada mundial del reguetón, es emotiva, con una producción suave muy al estilo de Drake y rematada con un ácido rap de “toma y dame”. “Yo perreo sola”, que trata sobre una mujer empoderada en la pista de baile, gestiona la grandiosidad de una discoteca enorme sin sacrificar el enfoque de la base del reguetón (aunque hay que decir que la contraparte femenina del dueto, Nesi, no recibió créditos). “Está cabrón ser yo”, con Anuel AA, es un trap latino temperamental y fornido.

En todo el disco, Bad Bunny descubre maneras contemporáneas de transmitir viejas ideas.

Tainy, quien produjo varias de las canciones y es un graduadodel renacimiento del género de mediados de la década de los 2000, tiene una idea similar en su disco reciente “NEON16 TAPE: The Kids That Grew Up on Reggaeton”, una producción que combina a los artistas actuales con ritmos clásicos. Ahora más que nunca, a las estrellas hispanoparlantes les están ofreciendo el mundo. Sin embargo, siempre lo han tenido.





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