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¿Realmente un diamante es para siempre? El origen de la expresión.


Los diamantes, cuyo nombre viene del griego adámas (inalterable), son lo más peculiar de las rocas y minerales que podemos encontrar en el planeta. Junto con los zafiros, los rubíes y las esmeraldas forman el cuatriunvirato de las piedras preciosas. Son la sustancia más dura conocida en el universo. En bruto tiene el aspecto de una roca cristalina sin valor, incluso pueden confundirse con otras como la obsidiana, y únicamente al tallarlos revelan su esplendor. Es esa belleza muerta la que hizo cantar a Marilyn Monroe que son “los mejores amigos de una chica”, quizá porque creía que si un hombre falla a una mujer al menos puede vender sus diamantes. Sin embargo, es más un deseo que una realidad pues lo que se suele conseguir es entre un tercio y un quinto del precio original. Eso sí, la mitad de los hombres del planeta los compran en un momento en que apenas pueden permitírselo. Hoy es un símbolo del amor pero hubo un tiempo se les creía venenosos, una fábula que probablemente propalaron los propietarios de las minas para que sus trabajadores no los robaran tragándoselos.

¿Cuándo se convirtió el diamante en la mayor prueba de amor? En 1947 por encargo de la empresa que monopolizaba el mercado del diamante del mundo, la sudafricana De Beers. El año anterior había contratado a la empresa de publicidad de Filadelfia N. W. Ayer & Son para convencer a los norteamericanos de que el diamante era la gema perfecta para los anillos de pedida, y lanzó una campaña basada en pinturas francesas de lugares románticos: no funcionó.

Una tarde de abril de 1947 todo cambió. Una joven creativa de la empresa llamada Frances Gerety se había quedado para terminar el trabajo: el cliente estaba esperando un eslogan, algo que engarzara toda la campaña como un diamante a su broche. “Bajé la cabeza y dije, ‘por favor Dios, mándame una línea’”. Entonces se incorporó y escribió: A Diamond is Forever, un diamante es para siempre. El eslogan catapultó el mercado del diamante a la estratosfera. La frase de Gerety se ha traducido a más 30 idiomas y gracias a ella cerca del 80% de las parejas que se prometen en matrimonio en Estados Unidos, Europa y Japón lo hacen con un diamante.



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