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La nota de Jordan antes de la final contra España: "Hemos aguantado demasiada mierda…"



El 10 de agosto de 1984, en el mítico Forum de Inglewood, Estados Unidos ganó su último oro olímpico con un equipo amateur. Después vino el bronce de 1988 y, cuatro años después, la gloria de Barcelona 92, el Dream Team que cambió el mapa del baloncesto mundial para siempre. En aquella final, el Team USA derrotó a una España maravillosa (Corbalán, Epi, Fernando Martín, Beirán, Margall, Llorente, Arcega, Romay…) que había mantenido en vela a un país que celebró como un éxito histórico (lo fue) la victoria en semifinales ante la teóricamente todopoderosa Yugoslavia, que se había saltado el boicot que sí llevó a cabo la Unión Soviética.

En la final, España poco pudo hacer ante un rival desatado: 96-65, -23 al descanso contra unos jóvenes estadounidenses que apretaban con una furia fanática en defensa y fulminaban en transición. Era el estilo de Bobby Knight, un clásico de los banquillos (entre 1971 y 2000 con los Hoosiers de Indiana) y un entrenador de vieja escuela: estricto, exigente y, como se ha ido sabiendo después, de excesiva mano dura; más allá de lo normal y, finalmente, de lo sano e incluso legal. Era una Estados Unidos con Sam Perkins, Wayman Tisdale, Leon Wood, Alvin Robertson… y tres que (ya con otro estatus muy diferente) jugaron en Barcelona 92. Tres miembros del Hall of Fame: Chris Mullin, Patrick Ewing… y Michael Jordan.

Jordan promedió 17,1 puntos en un torneo en el que EE UU no falló (8-0) y ganó sus partidos por un marcador medio de 95,4-63,3. Una superioridad asfixiante y castrense que puso a Jordan ante los grandes focos a nivel mundial, si bien el escolta reconoció después que se habría pensado mucho estar en la cita olímpica si hubiera conocido el carácter y los métodos de Knight. Con 21 años, estaba a punto de debutar en la NBA con los Bulls y venía de los tres años en North Carolina en los que había pasado de Mike a Michael y de promesa centelleante a flamante número 3 del draft. El resto es historia.

Michael Jordan tardó en ganarse la confianza de Knight, que detestaba a las estrellas individuales que ensombrecían la labor colectiva, del mismo modo que no congenió con su forma de entrenar y comunicar. Pero antes de la final tuvo un último gesto con el técnico, en forma de nota anónima escrita en un papel amarillo y colocada en mitad de la pizarra que había en el vestuario para la charla táctica. Esta decía lo siguiente: “Entrenador, no te preocupes, hemos aguantado demasiada mierda como para perder ahora“. Así lo cuentan tanto la autobiografía de Knight como el libro sobre Jordan “Playing For Keeps”, de David Halberstam, autor de algunos de las mejores obras de baloncesto jamás publicadas, como la citada o el clásico “The Breaks Of The Game”.

Aunque no llevaba firma, Knight escribió en sus memorias que no tuvo mucha duda: “Todavía guardo el papel. Tenía claro quién era el autor. Ya conocía la letra de Michael por entonces. Miré la nota, todos me miraban pero Michael tenía la cabeza hacia abajo, mirando al suelo. Pero no pudo evitar mirarme para ver cómo reaccionaba. Todo lo que hice fue decir “Ok, vamos a jugar”. Jordan acabó anotando 20 puntos, y Knight se enzarzó con él en una discusión sobre bloqueos en el descanso, incapaz de encontrar otros argumentos para mantener la tensión en un equipo que no estaba dando ninguna opción de meterse en el partido a la Selección española.

Fue un buen final para un torneo en el que Knight hizo llorar a Jordan cuando le pidió que se disculpara ante el resto el equipo por sus seis pérdidas ante la República Federal Alemana (78-67 final en la ruta hacia el oro). El entrenador le dijo que “nunca había jugado tan mal” y Sam Perkins, que había sido compañero de Jordan en los Tar Heels de North Carolina, contó después que Jordan lloró… aunque no sería fácil conseguir que lo reconociera.

 



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