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La casa que construyó Jordan: Chicago Bulls y el difícil legado de un mito



Creo que hay una frase que explica perfectamente cómo de importante fue y es la figura de Michael Jordan para Chicago: “Antes, cuando viajabas, te decían que eras de la ciudad de Al Capone; ahora te dicen que eres de la ciudad de Michael Jordan”. La dijo Allen Anderson, profesor de economía que ha estudiado cómo de profunda es una relación que en realidad es complicada, seguramente porque muy pocas de las cosas que rodearon a Michael Jordan no lo fueron. Como persona, como deportista y como fenómeno social.

Chicago es ciudad de los Bulls, claro, pero es, y sobre todo era, mucho más ciudad de los Cubs (MLB), los Bears (NFL) o incluso los Blackhawks (NHL). Pero es, seguramente por encima de todo eso, ciudad de Michael Jordan, pocas veces un jugador tan aferrado a un lugar para el que significó, sobre todo, orgullo. Por eso su estatua en el United Center se llama The Spirit y por eso lleva el lema “The best there ever was. The best there ever will be”. El mejor que ha habido y el mejor que habrá. Y sin embargo Jordan y Chicago, entrelazados para siempre, han mantenido una extraña distancia desde el último partido de His Airness (su alteza de las alturas) con la camiseta de los Bulls, el 12 de junio de 1998, cuando cerró su último anillo (el sexto) en Salt Lake City con el robo a Karl Malone y la mítica canasta a falta de cinco segundos ante unos Jazz que, en cierto modo, ya sabían que en el guión estaba escrito que Jordan iba a volver a ganarles. Solo tenía que resolverse el cómo. Y acabo siendo, seguro que también lo habían llegado a sospechar, un cómo muy doloroso.

Ese cómo fue la inolvidable maniobra ante Bryon Russell, a la que siguió la descomposición de un equipo que habían ido más allá de cualquier límite para conseguir ser el único del deporte profesional estadounidense que ha jugado tantas finales sin perder ninguna: seis de seis. Jordan salió enfrentado a muerte con el general manager Jerry Krause, del que acabó odiando hasta su aspecto y su dieta mientras este se hartaba de que nadie reconociera su trabajo en los despachos: Jordan, Jordan, Jordan. Los Bulls, abrasados por el sobreesfuerzo de aquella temporada 1997-98, el epílogo de su gloria, cerraron la puerta a Phil Jackson y traspasaron a Scottie Pippen para entrar en una reconstrucción que, en cierto modo, todavía no ha terminado.

Michael Jordan, en la distancia

Y Jordan comenzó a hacer negocios en Washington con los Wizards, hasta tal punto que jugó con ellos en su última etapa en las pistas, un fin de camino por lo general intrascendente. Y después viró hacia su Carolina natal, donde es dueño de Charlotte Hornets (por ahora nada exitoso) y donde opera su fortuna, estimada en más de 1.900 millones de dólares. Más, finalmente, que la de Jerry Reinsdorf (unos 1.600) el dueño de los Bulls ahora y durante los años de los seis anillos. Un dato que explica con elocuencia la dimensión del jugador en cuyos hombros puso Nike su futuro como empresa con un movimiento sin precedentes: cuando todavía no era profesional, después del oro de Los Ángeles 84, Jordan firmó con la compañía de Oregón por 2,5 millones (todo el presupuesto destinado al baloncesto) durante cinco años y, también lo nunca visto, un 25% por royalties de cada par de zapatillas vendidas. Sonny Vaccaro, el visionario que cambió la historia del marketing deportivo, sostuvo muchas miradas tensas en los cuarteles generales de Nike: “¿De verdad vamos a poner nuestro futuro en manos de un jugador negro de 21 años?”. Deloris, la madre de Jordan, le preguntó por su parte si realmente la apuesta iba a ser tan fuerte que su hijo iba a ser el nuevo rostro de Nike. Vaccaro le contestó con absoluta sinceridad: “Si esto sale mal, ni siquiera habrá Nike nunca más”. Por entonces, las estrellas no se llevaban más de unos 10.000 dólares al año de las marcas deportivas y solo Kareem Abdul-Jabbar tenía un contrato que rondaba los 100.000.

Jordan, después, ha ido concentrando su labor social, más visibilizada en los últimos años, también en Carolina. E incluso sus apariciones públicas vinculadas a los Bulls son escasas. Ha llovido mucho, pero incluso cuando regresó por primera vez al United Center con la camiseta de los Wizards se impidió al speaker Ray Clay que lo presentara como en los años de gloria de la franquicia. Recibió el mismo trato que cualquier otro visitante y Clay acabó dejando (era 2002) un trabajo que había sido suyo desde 1990 y (esquirlas de una relación torcida) apareciendo por sorpresa en pista de los Sixers para presentar a Jordan con su inconfundible soniquete en el, definitivamente, último partido de su carrera profesional (16 de abril de 2003). Lo que no habían querido hacer los Bulls: “From North Carolina…”.

Sí, ha llovido mucho. Pero, por ejemplo, en el jurado del concurso de mates de este All Star Weekend de 2020 está Scottie Pippen y está Dwyane Wade, nacido en Chicago. Quienes, como el citado Anderson, cuestionan el legado de Jordan más allá de los anillos y el orgullo del baloncesto, de la ciudad al mundo, aseguran que en realidad no generó más dinero del que movió, ya que eran años en los que los partidos de la NBA atraían a pocos turistas y los ciudadanos de Chicago, sencillamente, invertían en ir a ver a los Bulls un pico de su presupuesto para ocio que si no habrían gastado igualmente en restaurantes o conciertos. Un enfoque distinto al de los Leconomics, la ciencia que estudió el impacto de LeBron para Cleveland con unos cálculos estimados en cientos de millones anuales que calibran las formas de negocio de una nueva y pujante NBA y, claro, el nuevo estilo de consumo de sus aficionados. Además, esos mismos expertos acusan a Jordan de haber gastado mucho más fuera que dentro de Illinois, donde su restaurante cerró y solo quedó su Steak House, abierta en 2011. De forma más o menos justa, esta corriente se nutre y al mismo tiempo alimenta esa relación inseparable pero tan perfecta en unas cosas como imperfecta y compleja en otras. Chicago, los Bulls y Michael Jordan.

El laberinto que ha seguido a la leyenda

De lo que no hay duda, es de que los Bulls son uno de los equipos de referencia de la NBA a nivel mundial gracias a Michael Jordan. Ni ganaron antes de él ni han ganado después. Ahora, además, están lejísimos de hacerlo (todo lo lejos que se puede estar en una NBA en la que nunca sabes lo lejos que realmente estás… salvo que seas los Knicks). Y años de malas decisiones, pobres elecciones de draft, renovaciones cuestionables, banderas blancas inexplicables y calabazas en la agencia libre han dado la razón a quienes creen que el porcentaje del éxito de los Bulls de los 90 que recae en Jordan y su aparato (Phil Jackson y un carrusel de secundarios comandado por el extraordinario Scottie Pippen) es prácticamente total.

Sin Jordan, los Bulls no discutirían un lugar en la nobleza deportiva de la ciudad, muy bien surtida: Cubs y White Sox (MLB), Bears (NFL), Blackhawks (NHL)… Hoy, en plena bonanza de una liga en la que la media del valor de las franquicias supera por primera vez los 2.000 millones de dólares (2.100), los Bulls valen 3.200 según la última estimación de Forbes, solo por detrás de Knicks (4.600), Lakers (4.400) y Warriors (4.300), una franquicia por la que el grupo comandado por Joe Lacob y Peter Guber desembolsó 450 millones en 2010. Jerry Reinsdorf, en 1985, afrontó pagos sindicados de 16 millones para hacerse con los Bulls, que ya habían drafteado a Michael Jordan y trataban de decidir qué hacer con él una vez que su efecto empezaba a ser evidente: dos años del escolta en la liga bastaron para que el vetusto Stadium pasara de una media de poco más de 6.300 personas por partido a casi 18.000 con otras 8.000 en lista de espera.

Chicago, hoy una de las ciudades con equipos en las cinco grandes del deporte profesional masculino (NFL, MLB, NBA, NHL y MLS) y el tercer mercado más importante de Estados Unidos solo por detrás de Nueva York y Los Ángeles, aprendió a amar a los Bulls justo cuando el mundo había aprendido a amar a la NBA. Las batallas entre Lakers y Celtics, Magic Johnson y Larry Bird (dos formas perfectamente opuestas de vivir, jugar y ganar), habían sacado del lecho de muerte a lo que se había convertido en una liga depauperada, marcada por la mala reputación y los problemas con las drogas de los jugadores y con los partidos emitidos con cuentagotas y en diferido, Finales incluidas, por las televisiones nacionales. La NBA anterior a la de antes de Jordan estuvo a punto de, simplemente, no valer nada.

Un camino en el que aparecieron los Bulls

Michael Jordan nació en el Cumberland Hospital de Brooklyn el 17 de febrero de 1963 (va a cumplir 57 años: tempus fugit) y creció en las zonas pantanosas de Carolina del Norte, donde su abuelo Dawson ejerció de figura patriarcal en un lugar y unos tiempos que no habían dejado atrás la esclavitud. Sí su práctica, no el vergonzoso rastro de su terrible efecto cultural. Para su madre, Deloris, fue un niño especial porque había perdido a su propia madre durante el embarazo, así que lo vinculó muy pronto a la parte más feliz del ciclo de la vida. Y porque el pequeño Michael nació con dificultades respiratorias que hicieron que se temiera por su supervivencia durante un par de días mientras los médicos se afanaban en vaciar de moco sus minúsculos pulmones. Si su hermano Larry parecía destinado a jugar al baloncesto, Michael (casi una obsesión para su padre, James) apuntaba al béisbol y creció sin tener ningún aprecio a los Tar Heels, el equipo de la Universidad de North Carolina con el que después sería campeón cuando todavía muchos le conocían como Mike Jordan y él conducía un coche con la inscripción “Magic Mike” en la matrícula, un regalo de su novia de instituto, Laquetta Robinson, y un homenaje a Magic Johnson y el equipo de su infancia, los Lakers.

Pero el destino es caprichoso: los Bulls se quedaron con el número 2 del draft de 1979 (David Greenwood) porque perdieron un cara o cruz con los Lakers, que se llevaron a Magic con una ronda que le habían sacado a los Jazz en 1976. Después, otra vez los Lakers eligieron a James Worthy, compañero en North Carolina y amigo de Jordan, con el número 1 de 1982 con una primera ronda que habían obtenido de los Cavaliers dos años antes. Así en 1984 Jordan sabía que no iría a los Lakers de Magic, Worthy y el Showtime, y veía con curiosidad como se hundían en el tramo final de temporada los Bulls, un equipo de talento disfuncional y con mala fama tanto por su trabajo en pista como por la labor en los despachos del general manager Rod Thorn. Con el número 3, finalmente, ese fue el destino de un Jordan que estuvo cerca de acabar en Houston Rockets. Los texanos se llevaron el 1 y los Blazers, el 2. Como Hakeem Olajuwon iba a ser primero para unos u otros, la patata caliente era el plan B: Jordan para los Rockets, Sam Bowie para los Blazers. Pero los de Houston se llevaron con el 1 a Olajuwon, ídolo de la Universidad local además, y dejaron el 2 para los Blazers y su arriesgada, y fatídica, apuesta por Sam Bowie a pesar de unas lesiones que luego, efectivamente, marcaron una carrera señalada por haber sido elegido justo por delante del que acabó siendo, para muchos, mejor jugador de siempre.

Los Bulls que heredó Jordan no tenían rastro de nobleza NBA, ni pasado ni presente. Fundados en 1966, fueron el tercer intento del baloncesto profesional de la ciudad tras los Stags y los Packers/Zephyprs que acabaron siendo los Wizards. Dick Klein, el fundador, acabó vendiendo a la familia Wirtz, que acabó vendiendo a Reinsdorf. Pudieron llamarse Matadors o Toreadors, y acabaron con homenaje a la productiva industria del ganado de Chicago, y con un logo de Dean P. Wessel que quería mezclar simpleza y furia y acabó siendo uno de los más representativos y reconocidos de toda la historia del deporte. También a partir de Jordan, como el traslado del vetusto Stadium al nuevo United Center, una inercia inevitable en cuanto la NBA despegó a finales de los 80 pero un proceso asfaltado, como todo, por el enorme éxito de la franquicia gracias a Jordan, que lo cambió todo en la cancha y fuera de ella, una dimensión para entonces desconocida para un deportista, no digamos para uno de raza negra. El mítico Stadium, donde Jordan voló desde la línea de personal en el All Star Weekend de 1988, se había construido en 1929, creado como el mayor pabellón deportivo cubierto del mundo… y también como el más ruidoso, algo que el nuevo United Center trató de replicar y de homenajear con una significativa placa: 1929-1994. Remember the Roar. Recuerda el rugido. En 1995 fue demolido con retransmisión en directo de CNN y fans de los Bulls y los Blackhawks llorando en sus aledaños.

Jordan dejó seis anillos y a los Bulls con la consideración de la cuarta mejor franquicia de la historia, por detrás de Lakers, Celtics y Spurs. Y el orgullo de las cero Finales perdidas, algo que en la NBA solo pueden decir también los Royals (después Kings)… con una única disputada, la que ganaron en 1951. Desde el último anillo, es fácil ver también el vaso medio vacío, los Bulls no han vuelto a unos Finales y solo han jugado una final de Conferencia (2011). El All Star regresa en 2020, 32 años después, para encontrar a una franquicia en pésimo estado, con la familia Reinsdorf todavía al frente y perseguida por acusaciones de tacañería y un antiguo régimen en los despachos formado por John Paxon (campeón junto a Jordan) y Gar Forman, un dúo detestado por una afición hastiada y que lo trata como a un solo desastre de dos cabezas al que llama GarPax.

De los años de Jordan quedan las banderas de campeón y la estatua, The Spirit. Casi cuatro metros de bronce ideados en 1993, tras la primera retirada del escolta, entre threepeat y threepeat. Y queda la tradición del primer equipo cuyos miembros empezaron a usar, todos, zapatillas negras en playoffs como señal de unidad (luego añadieron los calcetines, también negros). Y los intentos de la franquicia por sacar adelante un equipo que todavía en los ochenta, con Jordan metiendo puntos ya en un ritmo histórico, parecía lejos de ser campeón. Después vino la remodelación de la plantilla y la llegada de Phil Jackson, además del peaje pagado en batallas de leyenda contra Celtics y Pistons en un Este que no perdonaba el más mínimo síntoma de debilidad. El primer anillo, casi un cierre a unos años de pruebas hercúleas, llegó contra los últimos Lakers de Magic. Pero si Celtics y Lakers suman épocas y estrellas del blanco y negro al color y de punta a punta de la historia de la NBA, los Bulls siguen siendo Michael Jordan, sin otra referencia posterior también por culpa, seguramente, de las desgraciadas lesiones de rodilla de Derrick Rose, nacido en Chicago y MVP más joven de la historia (22 años y seis meses) en 2011. Todo cuenta.

Los Bulls pre Jordan eran un caos de talento laxo y desorganizado. Jugadores profesionales en el peor sentido de la palabra, esforzados solo para cobrar los cheques. Quintin Dailey y Orlando Woolridge tenían problemas con la cocaína y Reggie Theus era famoso básicamente entre el público femenino y no por sus actuaciones en la pista. Una franquicia destartalada que pudo tener a Magic Johnson y que lo perdió en lo que se acabó llamando “una moneda al aire de 200 millones de dólares”. Ese era el valor de los Lakers tras el aterrizaje de un Magic que se estrenó con la franquicia angelina valorada en apenas 30. Los Bulls post Jordan, desde luego ya otros tiempos, han sido en todo caso un ejemplo más o menos continuado (con excepciones) de mala gestión. De, en los últimos años, la salida de Jimmy Butler a la colección de rechazos en la agencia libre (LeBron James y Carmelo Anthony al frente).

Así que ha acabado resultando inevitable vincular la cultura ganadora de los Bulls a Jordan y su ciclo: Phil Jackson, Scottie Pippen, Horace Grant, Ron Harper, Dennis Rodman, Toni Kukoc, Steve Kerr, BJ Armstrong… A sus pies se rindieron la NBA y las bestias de un Este muy feroz, de los Pistons y los Celtics a, después, Miami Heat y los Knicks de Nueva York, el eterno archienemigo y, seguramente, la principal razón por la que, segunda en tantas cosas por detrás de la Gran Manzana, ‘second city’ (la segunda ciudad) es uno de los nombres por los que se conoce a Chicago, también la ciudad del viento. Otros, más benévolos, prefieren pensar que segunda ciudad, en definitiva, no es más que la descripción muy literal de lo que realmente es: una nueva ciudad levantada sobre los restos de la primera, abrasada por el terrible incendio de 1871.

En los Bulls queda la historia de sus años dorados, al menos, y la narrativa de leyenda de Michael Jordan, muchos capítulos que resurgen constantemente en las conversaciones sobre baloncesto y otros que han ido cayendo en el olvido, como la mítica presentación de aquel equipo que cambió el concepto de introducción de los jugadores en unos años en los que, asociada a uno de los grandes quintetos de la historia, esa parafernalia casi experimental hacía rugir hasta niveles ensordecedores al United Center y metía a los Bulls de lleno en mentalidad de batalla. “Era como darle las espinacas a Popeye”, recordaba después el propio Phil Jackson, que sabía que por mucho que la fórmula de sus Bulls empezara a recrearse por otros pabellones mientras se forjaba un nuevo estándar de presentación, solo él tenía a un quinteto de leyenda liderado por un superhéroe como Michael Jordan, durante cuyo turno de presentación (el último del quinteto) ya era imposible escuchar, en medio de un rugido ensordecedor, la voz del speaker.

Este comenzaba con un “Aaaaand now, the starting lineup for your Chicago Bulls” mientras sonaba “Sirius”, la pieza instrumental de Allan Parsons que pronto se convirtió en banda sonora de la presentación de muchos equipos locales por las canchas de todo Estados Unidos. Los Bulls, como tantos otros en su momento preocupados por ofrecer la mejor experiencia posible para un público del que entonces había que tirar con fuerza para atraerlo a las canchas, fueron más lejos que nadie para convertir esa presentación de sus jugadores en un momento imperdible de cada partido, con el pabellón quedándose a oscuras y solo un foco iluminando a los integrantes del quinteto. Algo que puso en pie de guerra a los electricistas del viejo Stadium, que no tenían forma de recuperar la luz por la vía rápida y sufrían cuando algunos partidos arrancaban todavía sin una iluminación óptima. Y algo que tampoco gustaba al inolvidable Chick Hearn. La legendaria voz que se ganó una estatua en el Staples Center por narrar durante más de 3.000 partidos consecutivos de los Lakers, desde 1965 hasta 2002, llevaba especialmente mal que el pabellón quedara a oscuras y no pudiera consultar sus notas durante esos momentos.

Tommy Edwards, que antecedió como speaker a Ray Clay, tuvo la idea de introducir los acordes de “Sirius” en un pabellón sin luz. Una sintonía que después se ha usado sin parar en el mundo del baloncesto… y fuera de él. Desde equipos de Copa Davis al mismísimo Donald Trump, que la utilizó en campaña hasta que recibió la prohibición de hacerlo por parte de la familia de Allan Parsons. Un músico que no creó “Sirius” con esa finalidad, no vio apenas dinero por su uso y no es seguro que pudiera distinguir a Michael Jordan de Scottie Pippen durante los años de gloria de los Bulls, la franquicia desesperada por captar público apenas unos años antes, cuando solo parecían llenar sus gradas sin problemas los Lakers, los Celtics, los Sixers y unos Pistons que ya tenían a Isiah Thomas (natural de Chicago, curiosamente) a los mandos.

El nuevo plan pasaba por sacar de sus casillas a los electricistas y por sustituir la clásica música de órgano en directo por piezas grabadas. “El partido está en juego durante 48 minutos, pero queremos que los aficionados disfruten durante las dos horas y pico que están en el pabellón”, decía Steve Schanwald, por entonces directivo de la franquicia. Antes de “Sirius”, Edwards probó con “Thriller” de Michael Jackson y hasta la banda sonora de “Corrupción en Miami” para el momento clave de la presentación del primer Michael Jordan, el anotador voraz que todavía estaba lejos de ganar sus primeros anillos de campeón. Un momento que después, ya en plena era dorada, alcanzaba tintes de ritual: “Da igual lo que se diga cuando se presenta a Michael, nadie lo va a escuchar con tanto ruido”, solía decir el pívot del primer threepeat, Bill Cartwright. Y el propio Jordan era feliz asegurando que aquella mística del prepartido les daba “diez puntos de ventaja” antes incluso del salto inicial.

Cuando los Bulls se trasladaron a su hogar actual, el United Center, en la temporada 1994-95, dejaron atrás la acústica infernal (para lo bueno y para lo malo) y el viejo marcador antediluviano del Stadium. El nuevo permitió introducir la animación “Running of the Bulls”, una especie de encierro animado en el que los toros recorrían las calles de Chicago, pasaban junto a la estatua de Michael Joradn y cargaban contra el autobús del equipo rival.

Cuando queda en pie el legado… y poco más

Esa es la magia que, día a día y partido a partido, creó una comunión única entre Chicago y un equipo que había sido el hermano pobre de la ciudad durante años. Una química perdida y por la que muchos aficionados se preguntan cuando acceden al United Center y ven las seis banderas de campeón. Que cada vez quedan más lejos: Michael Jordan vistió la camiseta de la franquicia por última vez con 34 años, hace ya casi un cuarto de siglo. Y se fue con un sabor de boca amargo que en cierto modo nunca ha cicatrizado, ni para él (solo hay que recordar su complejo discurso cuando entró en el Hall of Fame) ni para una afición que vio como en 2010 invertía 275 millones en los todavía Bobcats (después Hornets) y asiste ahora a la aparición de una nueva cara de la relación del astro con el mundo desde su Carolina natal, con las donaciones multimillonarias para abrir hospitales en Charlotte y las ayudas a las víctimas de los huracanes Dorian y Florence. Nadie desde luego critica sus acciones, pero es inevitable que estas señalen, de forma indirecta, al distanciamiento extraño de Jordan con sus Bulls, tantos años después de que le sacara de quicio la afición de Jerry Krause por tantear a jugadores europeos y hasta tal punto que casi se consideró una rareza verlo en el United Center en 2011, cuando los Bulls celebraron el veinte aniversario de su primer título NBA.

Aquel divorcio, y las dificultades de las partes para superarlo de forma pública, son vistos (todavía) como una ominosa sombra que pone chinas por el camino de unos Bulls todavía en manos de los Reinsdorf. Esa narrativa, que parece forzada desde fuera, es real. Ronald Lazenby, autor de la mejor biografía sobre el número 23, considera que, a los ojos de los jugadores, una gran señal de precaución pende sobre la franquicia; y que así era por ejemplo cuando esta trató de aproximarse a Kevin Garnett, que saltó a la NBA directamente en 1995 tras convertirse en una sensación nacional en sus años de instituto en la Farragut Academy… de Chicago: “Si la pifiaron con uno de los mejores de la historia, ¿para qué voy a querer ir yo a jugar allí?”. La última gran estrella, Jimmy Butler, salió para acelerar una reconstrucción confusa que, además, sigue encallada. Y se fue diciendo que había conocido “a traficantes de droga con más moral” que Gar Forman, que hace dúo con un John Paxon que ya es, con todos sus errores, el tercer directivo con más tiempo en el cargo de toda la NBA actual. Uno de esos errores, visiblemente grosero, es seguir apostando por Jim Boylen, un entrenador de pocos recursos y espíritu old school que no parece la opción más apropiada para desarrollar el (indiscutible) talento joven que han ido amasando los Bulls a base de viajes a la lotería del draft (y del traspaso de Butler): Wendell Carter, Lauri Markkanen, Coby White, Zach LaVine…

Ricky O’Donnell, uno de los analistas de la actualidad de los Bulls más ácidos y certeros, aprovecha la visita del fin de semana de las estrellas para recordar, en SB Nation, el paupérrimo estado de la franquicia por mucho que las banderas sigan en el techo del United Center: “Los Bulls son una vergüenza pública para la gran ciudad de Chicago, sus fans han perdido toda esperanza en el equipo y eso se nota en este fin de semana del All Star”. Una cita, por cierto, que Jerry Reinsdorf se negó a acoger durante años, en parte porque no obtenía el beneficio económico que le parecía razonable para plantearse hacer un esfuerzo al que ahora ha accedido, dicen, por voluntad de su nieto, Joey. Los Bulls, hace no tanto una franquicia orgullosa, son el décimo equipo con más público en sus gradas solo porque su pabellón es el de más aforo de la NBA (espacio para casi 21.000 espectadores). En porcentaje de ocupación de las gradas, ocupan ya el puesto 22 de las 30 franquicias totales. ¿Preocupante? Más que eso: vienen de ser primeros o segundos por volumen de público entre 2005 y 2019 de forma ininterrumpida.

Así que parece obvio que se ha agotado la paciencia de la afición de los Bulls, a la que durante estos días de All Star se ve en las conexiones en directo de las televisiones estadounidenses gritando, detrás de los presentadores, el ya clásico “fire GarPax”. Paxon jugó con Jordan durante los años del primer threepeat (1991-93). Gar Forman ya trabajaba en los despachos en los últimos años de Krause y la familia Reinsdorf sigue siendo la propietaria inamovible. Así que para esa afición hastiada la ecuación se ha simplificado: si todos siguen menos Jordan y las cosas van tan mal, está claro quién era quién y quién hizo qué por los demás actores de una historia que tiene en permanente bache a una franquicia legendaria pero que se enreda en cuanto trata de ir más allá del trazo grueso en el análisis del legado de Michael Jordan. Pequeñas manchas, a veces simplemente extendidas por debajo del suelo y casi imperceptibles, que complican el camino, no la meta, del que para muchos es el mejor jugador de baloncesto de la historia y el gran emblema de la ciudad de Chicago. Más de la ciudad y más de su gente que de los propios Bulls. Porque parece, aunque suene casi paradójico en un primer vistazo, que tal cosa es posible. Y la afición tiene cada vez más claras sus afinidades y sus fobias, el reparto de culpas sea a estas alturas más o menos justo. Y quiere unos Bulls otra vez orgullosos, ganadores y que hagan temblar al equipo rival durante la presentación de su gran estrella. Quiere que si el número 23 es imposible de replicar, y lo es, al menos el equipo que creció gracias a él, la casa que construyó Michael Jordan, se comporte a la altura de lo que le recuerda la estatua del United Center con su listado de logros y su nombre, tan significativo: The Spirit, el espíritu.



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